

No diré en sustitución de qué. El viernes vi a una señora mayor, latina, bastante ajada, volver a su casa en bus después de hacer la compra, por la noche. La mujer abrió una caja de frambuesas en su asiento y se las comió a hurtadillas, mirando de reojo y con gran deleite. Con culpabilidad también, pero pese a eso -o precisamente por eso- con gran placer. A saber qué proporción del presupuesto familiar se estaba comiendo a toda prisa antes de volver a casa. Y qué golosina más lujuriosa: no es chocolate, no está manufacturada ni envuelta... y sin embargo tiene ese color rosado, esa textura aterciopelada y blandita... esas bolitas dulces que explotan en la boca liberando su ... me entraron unas ganas terribles de comerme una caja de frambuesas. Y es exactamente lo que me acabo de jalar de postre.
Nunca comerse las uñas fue tan nutritivo y sano.